La Cruz de Tejeda amanece dentro de una nube.
Allá arriba, en el centro de Gran Canaria, en España, en lo más alto de la isla. El hotel se llamaba El Refugio y estaba en plena montaña, donde el frío se te mete por debajo de la ropa y la niebla tapa el valle entero. Los huéspedes llegaban de noche buscando silencio y se iban encantados. Todo impecable. Las habitaciones perfectas, las sábanas limpias y planchadas, el olor a limpio en cada rincón.
Nadie preguntaba quién dejaba aquello así.
Se llamaba Amada.
Johana puso el plato delante de Samuel y se sentó al otro lado de la mesa sin decir nada.
Comieron el arroz, el pollo, el pedazo de aguacate. Se oía el ventilador y poco más. Cuando él terminó dijo “gracias” y ella dijo “de nada”, y esas fueron las cuatro palabras del almuerzo.
Llevaban treinta y un años casados y cinco sin hablarse de verdad.
Nadie de afuera lo notaba. Iban juntos a los cumpleaños, se reían con los nietos, ella le planchaba las camisas y él le arreglaba lo que se rompiera en la casa. Pero lo suyo se había vuelto una convivencia educada, como la de dos personas que comparten techo por costumbre.
Josué escribió la frase a las cinco de la mañana, con el teléfono pegado a la cara para que la luz no le diera en los ojos.
“Sé el arcoíris que deseas ver en los demás.”
La publicó. Apagó el teléfono y el cuarto volvió a quedarse oscuro.
Hay algo que nunca le he dicho a mi hermano.
Cuando decidí irme de Cuba, lo hablamos. Me acuerdo de su cara. No me pidió que me quedara, ni me dijo que me fuera.
Solo dijo:
Vete tranquilo hermano. Yo me quedo a cuidarlos.
EL NIÑO QUE LLEGÓ MÁS LEJOS DE LO QUE TODOS PENSABAN
En el aula habían veinte niños, pero Rayner era el que todos veían primero.
No porque fuera el más alto ni el más aplicado. Era el que no se estaba quieto. El que hacía reír a los demás en medio de la clase. El que se fajaba en el recreo y volvía con el uniforme sucio y la respiración agitada.
Gil llevaba una década dándolo todo por aquella empresa el día que lo llamaron a la oficina.
Pensó que era un ascenso.
—Vamos a moverte a un territorio más pequeño —le dijeron. Con menos paga.
No era por su desempeño. Era que el nuevo jefe traía a alguien de confianza y necesitaban su lugar.