LA DISCULPA QUE NADIE ESCUCHÓ

LA DISCULPA QUE NADIE ESCUCHÓ

Lectura Sagrada

Johana puso el plato delante de Samuel y se sentó al otro lado de la mesa sin decir nada. Comieron el arroz, el pollo, el pedazo de aguacate. Se oía el ventilador y poco más. Cuando él terminó dijo “gracias” y ella dijo “de nada”, y esas fueron las cuatro palabras del almuerzo. Llevaban treinta y un años casados y cinco sin hablarse de verdad. Nadie de afuera lo notaba. Iban juntos a los cumpleaños, se reían con los nietos, ella le planchaba las camisas y él le arreglaba lo que se rompiera en la casa. Pero lo suyo se había vuelto una convivencia educada, como la de dos personas que comparten techo por costumbre. Todo empezó en una fiesta de vecinos. Lo que pasó fue que Samuel se sentó a conversar con la mujer de un amigo, y estuvo casi toda la noche ahí. Le preguntaba cosas. La escuchaba de verdad, con el cuerpo hacia delante. Se reía con la cabeza echada para atrás, como cuando era joven. Le trajo un refresco sin que ella se lo pidiera y le buscó una silla mejor. Johana lo miraba desde el otro lado del patio con un plato en la mano. Y lo que sintió no fueron celos. Fue algo peor. Fue darse cuenta de que ese hombre atento, cariñoso, que escuchaba y preguntaba, todavía existía. Seguía ahí. Solo que hacía años que no aparecía en su casa. A ella le decía “sí” sin levantar la vista del teléfono. A ella le contestaba con la cabeza. A ella hacía tiempo que no le preguntaba nada. Y esa noche lo vio, entero, sentado en una silla plástica, hablándole así a otra persona. Se fueron temprano. En el carro no dijo una palabra. Él tampoco. Esa noche ella se acostó de espaldas a él y se hizo la dormida. Samuel se quedó un rato mirando el techo. Después se volteó hacia ella, en la oscuridad, y le habló bajito. —Perdóname. Vi cómo me miraste esta noche. No pasó nada, tú lo sabes. Pero entendí lo que te dolió. Hace mucho que no soy así contigo, y no sé cuándo dejé de serlo. Perdóname, Johana. Se quedó esperando. Como ella no se movió, pensó que estaba dormida. Y se dijo a sí mismo que al otro día se lo repetiría, con luz, mirándola a la cara. Johana ya no se estaba haciendo la dormida. Se había quedado dormida de verdad hacía un rato, agotada de tanto tragar. No oyó nada. Al otro día Samuel se levantó, la vio de espaldas en la cocina colando café, y no supo por dónde empezar. Pensó que si ella no lo mencionaba era porque no quería hablar del tema. Se tomó el café y se fue a trabajar. Y así, sin que ninguno lo decidiera, empezaron los cinco años. Ella esperando una disculpa que creía que nunca llegó. Él creyendo que ya la había pedido. Fue un martes cualquiera. Samuel estaba pintando la reja del patio y Johana salió a tender la ropa. Un vecino puso música alta y ella se quedó parada con una toalla en la mano, mirando la cerca. Y le salió sin pensarlo. —Cinco años, Samuel. Él dejó la brocha. —¿Cinco años qué? —Cinco años esperando que me dijeras algo. Aunque fuera una vez. Aunque fuera mal dicho. Samuel se quedó mirándola. —Johana, yo te pedí perdón. —No me pediste nada. —Esa misma noche. En la cama. Te dije que había entendido lo que te dolió y que me perdonaras. Johana sintió que se le aflojaban las piernas. —Yo estaba dormida. Samuel se sentó en el escalón del patio, con las manos manchadas de pintura, y estuvo callado un rato largo. —Yo pensé que me habías oído y no me habías querido contestar —dijo—. Pensé que estabas tan brava que ni eso. —Y yo pensé que no te importaba. Se quedaron los dos ahí, ella con la toalla, él sentado en el escalón, entendiéndolo al mismo tiempo. No los había separado aquella noche. Los había separado que ninguno de los dos volvió a preguntar. Cinco años. Por una noche en que uno habló bajito y la otra ya se había dormido. A Johana se le llenaron los ojos, y no de rabia. De alivio. Cinco años creyendo que a ese hombre le daba lo mismo, y resulta que se había volteado en la oscuridad a pedirle perdón. Soltó la toalla en el cesto y caminó hasta el escalón. —Dímelo ahora —dijo. Samuel se levantó, se limpió las manos en el pantalón y se quedó un momento buscando por dónde empezar. Después habló, de frente, de día, sin bajar la voz. —Perdóname, Johana. No por aquella noche. Por todo lo que vino después. Ella no dijo nada. —Yo me acostumbré a ti —siguió él—. Eso fue lo que pasó. Me acostumbré a que estuvieras, a que la comida estuviera hecha, a que la casa oliera a ti, y dejé de mirarte. No dejé de quererte. Dejé de mirarte, que es distinto y es peor. Se le quebró un poco la voz y siguió igual. —Aquella noche yo no estaba mirando a nadie. Estaba siendo el que era antes contigo. Y cuando te vi con el plato en la mano, del otro lado del patio, entendí que llevaba años sin ser así en mi propia casa. Me dio vergüenza. Y en vez de arreglarlo, me callé cinco años. Johana tenía la barbilla temblando. —Yo pensé que te habías cansado de mí —dijo ella. —¿Cansarme de ti? Samuel la miró como si le hubieran dicho una barbaridad. —Johana, yo me levanto todas las mañanas y lo primero que oigo es la cuchara tuya dando vueltas en la taza. Treinta y un años oyendo eso. Si un día no lo oigo, se me acaba el mundo. Y le dijo el resto sin adornos, porque él nunca fue de adornos. —Yo te quiero desde que tenía diecinueve años y no he sabido querer a nadie más. Lo que pasa es que se me olvidó decírtelo, y uno no puede vivir de lo que dijo hace treinta años. Así que te lo digo hoy: te quiero. Y te lo voy a decir mañana, y pasado, aunque te canses de oírlo. Johana lo abrazó antes de que terminara. Se quedaron así en medio del patio, él con las manos manchadas de pintura sin saber dónde ponerlas, ella con la cara metida en su hombro, la música del vecino sonando y la ropa a medio tender. —Yo también te quiero —le dijo ella al oído—. Nunca dejé de quererte. Estaba brava, que es otra cosa. Él se rió con la cabeza echada para atrás. Esa risa. La que ella había visto del otro lado del patio hacía cinco años. Y esta vez era para ella. Versículo “Soportaos unos a otros, y perdonaos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” — Colosenses 3:13 Fíjate que dice soportaos antes de decir perdonaos. Soportar es querer a alguien sabiendo que es humano. Que se va a equivocar, igual que te equivocas tú, y que ninguno de los dos lo hace por maldad. Y después viene lo otro: perdonar. Pero hay algo que aprendemos por las malas. El perdón hay que decirlo en voz alta. No sirve de nada perdonar por dentro y quedarse callado. No sirve de nada pedir perdón bajito y dar por hecho que el otro lo oyó. El amor se dice. Y cuando no estás seguro de que llegó, se vuelve a decir. Pregunta de reflexión ¿Hay alguien con quien llevas tiempo sin hablar de algo, dando por hecho lo que esa persona piensa de ti? Ejercicio de cinco minutos Piensa en una persona con la que tengas un tema pendiente. Escríbele hoy un mensaje de dos líneas. No hace falta que resuelvas nada: solo pregúntale si aquello todavía le duele. La conversación empieza ahí. Nota del autor Johana y Samuel no existen, pero conozco varios. Casas donde se dan los buenos días y no se dicen nada más. Matrimonios que duermen en la misma cama y llevan años sin preguntarse cómo están de verdad. Hermanos que no se llaman por una noche que ya nadie recuerda bien. Casi nunca es el error lo que separa a la gente. Es el silencio que viene después. Y hay algo que este cuento me dejó a mí: a veces no duele lo que el otro hizo. Duele lo que dejó de hacer sin darse cuenta. Si hay alguien a quien llevas tiempo sin preguntarle nada, pregúntale hoy. Y si hay alguien a quien quieres, díselo hoy también, en voz alta, aunque creas que ya lo sabe. Nadie se cansa de que se lo digan. De lo que se cansa uno es del silencio. Gracias por estar aquí cada domingo. Si esta historia te movió algo, suscríbete gratis y recibe el cuento de cada domingo en tu correo. Con cariño, Yusep Amorsonrie.com

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