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Las Estrellas que No Apagó la Guerra

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Las Estrellas que No Apagó la Guerra

Alejandro tenía el cabello completamente blanco y dos cosas que nunca había podido soltar: una medalla militar guardada en una caja de madera, y la costumbre de mirar el cielo cada 4 de julio como si esperara ver algo que solo él sabía que estaba ahí. Su nieto Daniel, que tenía nueve años y demasiadas preguntas para tan poca paciencia, se sentó a su lado en el porche esa noche con una paleta en la mano y los ojos llenos de fuegos artificiales.

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El Peluche que Volvió a Caminar

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El Peluche que Volvió a Caminar

Valentina tenía siete años y un solo tesoro: un conejo de peluche gris, ya sin un ojo, con las orejas gastadas de tantas noches abrazado contra su pecho. Se llamaba Nube, porque su mamá decía que era tan suave que parecía hecho de cielo. La tierra tembló un miércoles, y cuando dejó de temblar, ya nada era igual. La casa de Valentina, como tantas otras, quedó partida en dos. No hubo tiempo de salvar casi nada. Solo hubo tiempo de correr, y de no soltar a Nube, que iba apretado contra su pecho mientras su mamá la cargaba entre los gritos y el polvo.

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EL TALLER DE ANDRÉS

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EL TALLER DE ANDRÉS

Andrés era un hombre que trabajaba de lunes a viernes en una fábrica de lápices, y los fines de semana en su propio negocio en casa: un pequeño taller que él mismo había construido con sus propias manos y su propia inteligencia. El olor a metal y aceite se le quedaba en la ropa, en las manos, hasta en el pelo, después de cada jornada larga ganando un salario modesto, suficiente apenas para que en casa nunca faltara lo necesario. Pero llegado el fin de semana, ese cansancio se transformaba en algo distinto: en ese rincón de la casa, entre estantes y piezas hechas para sus clientes, guardaba también un torno que era su orgullo silencioso. Para cualquiera, era simplemente un taller. Para mí, de niño, era un lugar mágico.

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