EL ARCOÍRIS QUE NADIE VIO

EL ARCOÍRIS QUE NADIE VIO

Lectura Sagrada

Josué escribió la frase a las cinco de la mañana, con el teléfono pegado a la cara para que la luz no le diera en los ojos. “Sé el arcoíris que deseas ver en los demás.” La publicó. Apagó el teléfono y el cuarto volvió a quedarse oscuro. No había ventana. Eso era lo primero que había que entender de aquel cuarto: veinte metros cuadrados y ninguna ventana. Una cama pegada a la pared, una silla que hacía de mesa, una hornilla, y la maleta debajo de la cama porque no cabía en otro sitio. Cuando cerraba la puerta no sabía si afuera era de día o de noche. Se enteraba por el reloj. La señora que lo había contratado le pagaba tarde. A veces a medias. “La semana que viene te completo, Josué, ahora ando corta”, le decía, y el local estaba lleno todos los días. Él veía las mesas ocupadas hasta la noche. El dinero estaba. Lo que no había era intención de dárselo completo. Y él decía que sí, que cuando ella pudiera. No porque le creyera, sino porque no había trabajo en ningún sitio y perder aquel era quedarse sin nada. Cuando estás empezando de cero en un país que no es el tuyo, reclamar es un lujo que no siempre puedes permitirte. Trabajaba doce horas. Volvía. Comía arroz, algún enlatado y pan. Y antes de dormir, escribía otra frase. “No hay belleza que brille más que la de un buen corazón.” Al principio fue por no quedarse callado. Después se volvió lo único que hacía cada día que no fuera obedecer, aguantar y esperar. Los mensajes empezaron a llegar despacio. -Gracias por lo de hoy, lo necesitaba. -Llevo dos semanas sin ánimo y esto me sacó de la cama. Josué los leía sentado en el borde de la cama, en la oscuridad, con la espalda molida. Contestaba a todos, uno por uno. “Ánimo.” “No estás solo.” “Va a pasar.” Ninguno sabía que el hombre que les hablaba de arcoíris llevaba catorce meses sin ver el sol desde su casa. Todos los meses mandaba dinero a su madre. Nunca era mucho, pero lo mandaba antes de pagar cualquier otra cosa, porque para eso se había ido. En marzo de 2020, el mundo se detuvo. Cerraron todo. La señora dejó de llamarlo y lo que le debía se quedó debiendo. Josué se quedó dentro de aquel cuarto sin trabajo, y hasta el reloj dejó de servirle, porque todos los días eran iguales. Ese mes no tenía nada que mandar. Llamó igual a su madre. —Este mes no voy a poder mandarte nada, mamá. Hubo un silencio corto. Después ella dijo lo que dicen todas las madres: —No te preocupes por mí, hijo. Preocúpate por ti, que estás allá solo. —El mes que viene te lo mando. Aunque sea un poco. Te lo prometo. —Está bien. Cuando puedas. Colgaron. Y Josué se quedó sentado, mirando la pared donde debería haber habido una ventana, con la promesa hecha y sin la menor idea de cómo iba a cumplirla. Esa noche escribió igual. “Nunca dejes de creer.” Se quedó mirando la frase un rato largo. Le pareció una burla. Un hombre sin trabajo, sin luz y sin poder mandarle nada a su madre, diciéndole al mundo que no dejara de creer. La publicó de todas formas. Porque si dejaba de escribirla, tenía que admitir que él tampoco creía. Al cuarto día le llegó un mensaje de una mujer que no conocía. Le contaba que llevaba un tiempo muy malo. Que esa mañana se había despertado sin ganas de nada y había abierto el teléfono para no pensar. Que vio su frase. -Me levanté por eso- dijo-. Solo quería que lo supiera. Josué la leyó tres veces. Estaba en la misma cama, en el mismo cuarto, con la misma pared en blanco delante. No tenía trabajo, ni luz, ni cómo cumplir lo que le había prometido a su madre. No había cambiado nada. Y sin embargo algo se le movió por dentro. Porque entendió lo que llevaba dos años haciendo sin darse cuenta. Cada frase que había escrito para levantar a otro, la había escrito primero para levantarse él. Cada palabra de ánimo que mandó a un desconocido era la que necesitaba oír esa noche. No estaba repartiendo luz desde arriba: estaba prendiendo una vela en su propio cuarto, y resulta que se veía desde afuera. El arcoíris que quería que los demás vieran era el único que le entraba a aquella habitación. Siguió escribiendo cada día. Sin trabajo, sin ventana, sin saber cuánto iba a durar aquello. Y cuando el mundo volvió a abrir y le pagaron lo primero que ganó, mandó a su madre lo que le había prometido. Ni un mes más tarde de lo que dijo. Hoy Josué vive en otro país. Tiene ventanas, y por una de ellas entra el Sol de la mañana. Sigue escribiendo cada día. Ya no son solo frases: ahora escribe historias, y muchas de ellas son reales. Historias de gente común que aguantó más de lo que creía poder aguantar. Contesta a todos uno por uno, como cuando eran cuatro. Ninguno sabe que aquellas primeras palabras nacieron en un cuarto de veinte metros cuadrados sin una sola ventana, escritas por un hombre que no tenía nada, ni siquiera la certeza de aguantar hasta la semana siguiente. Y que si aquel hombre no se rindió, fue porque cada mañana se escribía a sí mismo la carta que otros creían que era para ellos. Versículo “Esfuérzate y sé valiente. No temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.” — Josué 1:9 Dios no le prometió a Josué que el camino sería fácil. Le prometió algo mejor: que no iba a estar solo en él. Fíjate que no dice “cuando llegues”. Dice dondequiera que vayas. En el trabajo que no te paga, en la casa que no es tuya, en el cuarto sin ventanas, en el mes en que no te alcanzó. Ahí también. A veces creemos que Dios aparece cuando las cosas mejoran. Pero Él estaba desde antes, sosteniendo lo poco que teníamos para que nos durara un día más. Pregunta de reflexión ¿Qué es eso que sigues haciendo aunque todavía no veas el resultado? Ejercicio de cinco minutos Escríbele hoy a una persona que te ayudó a seguir en un momento difícil. Dile solo qué fue lo que te dijo y que todavía lo recuerdas. Puede que esa persona esté necesitando exactamente eso hoy. Nota del autor Josué no existe. Pero aquel cuarto sí. Y aquellas frases también: “Sé el arcoíris que deseas ver en los demás”, “Nunca dejes de creer”, “Haz bien y no mires a quien”. Están todas publicadas, con su fecha, escritas desde España en los peores meses de aquel encierro. Miles de personas les dieron me gusta. Ninguna supo desde dónde se escribieron. Y las historias que él escribe hoy son estas mismas que ustedes leen cada domingo. Hoy cumplo cuarenta y un años. Y quiero decirte algo, a ti, que estás leyendo esto: No te rindas. No sabes lo cerca que estás. Nadie que llegó a algún sitio lo hizo sin querer abandonar antes, muchas veces, casi siempre de noche y siempre solo. La diferencia entre el que llega y el que no, no es el talento ni la suerte: es que se levantó una vez más de las que se cayó. Lo que estás pasando hoy es duro, pero es temporal. No te conformes con lo que tienes si sabes que puedes más. No te quedes quieto. Aunque avances despacio, aunque nadie lo vea, aunque este mes no te haya alcanzado. Sigue. Y si hoy no tienes fuerzas para levantarte por ti, levántate por los que dependen de ti. Eso también vale. A mí me salvó. El mejor regalo de este cumpleaños es que ustedes se detienen cada domingo a leer. Aquel hombre del cuarto sin ventanas no se lo hubiera creído. Gracias por estar. De verdad. Con todo mi agradecimiento, Yusep

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