Sofía tenía 34 años, una silla de ruedas y una pizarra llena de números.
Llegó al Colegio San Marcos un lunes de septiembre con su carpeta bajo el brazo y su sonrisa de siempre — esa que no pedía permiso para existir. Había enseñado matemáticas durante ocho años. Sabía explicar fracciones de cinco formas diferentes. Conocía el nombre de cada alumno antes del primer día de clases.
Laura tenía 38 años, dos hijos, un trabajo de cajera en un supermercado y la certeza absoluta de que su vida no le había dado nada especial.
Cada mañana era igual. Despertarse antes que el Sol. Sentir el frío del piso cuando sus pies lo tocaban. Preparar el desayuno con los ojos todavía medio cerrados. Llevar a los niños a la escuela. Tomar el autobús. Pasar ocho horas de pie, sonriéndole a personas que casi nunca le devolvían la mirada. Volver a casa con los pies ardiendo. Cocinar. Ayudar con las tareas. Apagar la luz.
Valeria llevaba tres años en una relación que la disminuía.
Siguió cuando dejó de usar el vestido rojo — ese que tanto le gustaba — porque él decía que era “demasiado llamativo.” Continuó cuando pidió permiso para visitar a su propia madre. Cuando dejó de opinar en la mesa. Cuando apagó la música que le alegraba el alma porque a él le daba dolor de cabeza.
Carlos Mendoza tenía todo lo que el mundo llama éxito.
Una empresa propia. Un auto del año. Una casa con piscina en un barrio donde los vecinos se saludan desde lejos porque nadie tiene tiempo de acercarse.
María se despertó un miércoles sintiendo que ya no tenía más pasos.
No era cansancio de dormir poco.
Era ese agotamiento que se instala en los huesos cuando llevas años cargando sola la familia, las deudas, los hijos, el silencio de una cama vacía, y una fe que antes era montaña y ahora se sentía como arena entre los dedos.