LAS PIERNAS DE MATEO
Lectura Sagrada
Mateo tenía diez años y dos cosas que amaba más que nada en el mundo: su madre, y el fútbol. En su barrio de Venezuela, Mateo era conocido por una sola cosa: sus piernas. Rápidas, incansables, imposibles de seguir. Desde los cuatro años había corrido detrás de una pelota con una determinación que hacía reír a los adultos y llorar de envidia a los otros niños. Su entrenador decía que tenía algo especial — no solo velocidad, sino instinto. Esa capacidad de saber dónde va a estar la pelota antes de que llegue. Mateo no entendía del todo lo que eso significaba. Solo sabía que cuando corría, el mundo desaparecía. No había problemas, no había preocupaciones, no había nada más que el viento en la cara y la pelota al pie y la certeza absoluta de que estaba exactamente donde debía estar. La tierra tembló un miércoles. Mateo estaba en casa cuando las paredes comenzaron a moverse. No tuvo tiempo de entender lo que pasaba. Solo tuvo tiempo de escuchar a su madre gritar su nombre — y luego, el silencio. Cuando despertó, estaba en un hospital improvisado. Su madre estaba a su lado, con los ojos rojos de tanto llorar y la mano apretada alrededor de la suya como si soltarla fuera el fin del mundo. Mateo tardó varios días en entender lo que había pasado. Y cuando lo entendió, no dijo nada. Se quedó mirando el techo durante horas. Porque una de sus piernas ya no estaba. Los médicos hablaban de prótesis, de rehabilitación, de tiempo. Su madre hablaba de milagros y de fe. Su entrenador, que fue a visitarlo al tercer día con los ojos húmedos y una pelota pequeña en la mano, no dijo nada — solo se sentó a su lado y le puso la pelota entre los dedos. Mateo la sostuvo un momento. Y la tiró al suelo. —Ya no sirvo para nada —dijo, con esa honestidad brutal que solo tienen los niños cuando el dolor es demasiado grande para guardarlo. Su entrenador no respondió de inmediato. Recogió la pelota del suelo, la limpió con la camiseta, y se la volvió a poner en las manos. —Eso no es verdad —dijo, simplemente—. Y en el fondo tú lo sabes. Pasaron semanas. Mateo no quería levantarse. No quería comer. No quería hablar con nadie. El niño que había corrido sin parar durante seis años se había convertido en alguien que miraba la pared y contaba las grietas del techo como si en ellas hubiera una respuesta que nadie más podía ver. Pero una mañana, su madre entró al cuarto con algo diferente en la cara. No lástima. No tristeza. Algo que Mateo no había visto desde el terremoto. Esperanza. —Hay un chico —le dijo— que perdió las dos piernas. Y juega fútbol. Mateo no respondió. —Busqué el video. ¿Quieres verlo? Mateo tardó un momento. Luego, muy despacio, asintió. Lo que vio en ese video no era perfecto. No era lo que él había imaginado para su vida. Era un niño con dos prótesis corriendo detrás de una pelota, cayéndose, levantándose, riendo, cayéndose de nuevo. Pero corría. Mateo vio ese video tres veces. Cuatro. Cinco. Y al sexto día después de haberlo visto, le pidió a su madre que le trajera la pelota que su entrenador había dejado en la mesita de noche. No se levantó ese día. Pero la sostuvo entre las manos durante horas. Y al día siguiente, pidió que lo ayudaran a sentarse. Y tres días después, pidió que lo llevaran al patio. El primer intento con la muleta duró cuatro pasos. El segundo, siete. El tercero, doce. Cada vez que caía, Mateo apretaba los dientes, miraba la pelota que su entrenador le había traído, y volvía a intentarlo. No porque fuera fácil. Sino porque había decidido que su historia no iba a terminar en ese cuarto mirando el techo. Meses después, en el mismo barrio donde había aprendido a correr, Mateo volvió a la cancha. No igual que antes — diferente. Con una prótesis que todavía le costaba dominar, con una velocidad que ya no era la misma, con un cuerpo que había tenido que aprender de cero lo que antes hacía sin pensar. Pero volvió. Y cuando su pie — el que le quedaba — tocó la pelota por primera vez en la cancha, los niños que estaban jugando se detuvieron. El entrenador, que estaba sentado en el borde, se puso de pie. Y nadie dijo nada. Porque había cosas que no necesitaban palabras. Mateo no va a jugar en la selección nacional. Quizás nunca lo sepa. Pero esa tarde, en esa cancha pequeña de ese barrio de Venezuela, demostró algo que ningún marcador puede medir: Que la perseverancia no es llegar a la meta que soñabas. Es encontrar la fuerza para seguir corriendo cuando la meta cambia. Que los sueños no se rompen cuando el cuerpo se rompe. Se transforman. Y que hay niños en este mundo que, con una sola pierna y toda el alma, le enseñan a los adultos lo que significa no rendirse jamás. Este cuento es para Mateo. Y para todos los niños que hoy, en Venezuela y en el mundo, están aprendiendo a caminar de nuevo. No los olvidamos. Versículo “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”- Filipenses 4:13 Pregunta de Reflexión ¿Hubo algún momento en tu vida en que la meta que perseguías cambió de forma inesperada? ¿Cómo encontraste la fuerza para seguir? Ejercicio de 5 minutos Hoy, piensa en algo que perdiste — un sueño, una oportunidad, una capacidad — y pregúntate: ¿qué forma diferente podría tomar ese sueño hoy? A veces el sueño no desaparece. Solo aprende a moverse de otra manera. Nota del Autor “Este cuento es ficticio, pero su dolor es real. Hoy hay muchos niños en Venezuela que están viviendo algo parecido a lo que vivió Mateo — aprendiendo a existir en un cuerpo que cambió de un día para otro, sin haberlo pedido, sin haberlo merecido. Este cuento es dedicado a esos niños y a todas esas personas que han perdido algunas de sus extremidades por este tan trágico acontecimiento. Para que sepan que los vemos, que los recordamos, y que su historia importa. Y es también para todos los que los cuidan — las madres, los padres, los entrenadores — que cada día les devuelven la pelota aunque el niño la tire al suelo. ” Con amor y esperanza, Amorsonrie
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